Ophelia
La Ophelia de Millais llevaba esperándome quince años, desde que comencé a estudiar arte. Pero realmente Ophelia espera en la Tate Gallery desde hace 173 años, desde su creación en 1852, flotando inerte sobre las aguas, espera congelada en el tiempo a dejarnos extasiados a su encuentro.
El pasado enero fui a Londres para conocerla, visité la Tate Gallery por ella, emprendí aquel viaje con el único propósito de encontrarla y que ella me encontrase. Subí la escalinata nerviosa, crucé las salas buscándola, pero cuando la vi a lo lejos comencé a temblar.
Me acerqué despacio, me coloqué delante, justo en el centro, esperé a que no hubiese nadie más y la admiré, al detalle: cada flor, cada brocado, el petirrojo sobre la rama, sus cabellos como medusas, la adormidera llamándome, el movimiento de las aguas, su rostro pálido, indolente.
Intenté retener, respirar y memorizar cada milímetro del lienzo para guardarlo siempre conmigo. No quería dejarla allí, Stendhal sabía de lo que hablaba, esta extraña conexión casi enfermiza con la obra de arte, esta necesidad de posesión, esa unión de por vida con aquello que nos transporta o que nos congela.

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